
“Arreglar algo no es solo extender la vida útil de un objeto por una cuestión ecológica o económica; es cuidar el valor afectivo que tiene. Cuando reparás la radio de tu abuelo o un juguete de la infancia, estás recuperando una historia que el mercado daba por descartada”, reflexiona Melina Scioli, cofundadora del Club de Reparadores.
Nacido en 2015, el Club es una iniciativa impulsada por Artículo 41, una asociación civil sin fines de lucro cuyo nombre alude al artículo de la Constitución Nacional que consagra el derecho y el deber de todos los ciudadanos a gozar de “un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano”.
La propuesta surgió frente a una sensación colectiva: la percepción de que los objetos cotidianos duran cada vez menos y que el sistema productivo hace sumamente complejo, costoso e inaccesible el acto de arreglarlos. Los productos vienen progresivamente diseñados para no ser reparados, mientras que los oficios tradicionales de barrio pierden visibilidad y se impone con fuerza una narrativa basada en el descarte.
“La reparación es una estrategia ambiental de enorme eficiencia que permanecía invisibilizada. Nos dimos cuenta de que no bastaba con clasificar y separar la basura en el último eslabón de la cadena: había que evitar, con inteligencia y organización, que las cosas se convirtieran en basura antes de tiempo”, explica Scioli sobre los fundamentos que impulsaron la creación del proyecto.
El primer encuentro fue planteado casi como un experimento social y urbano: convocaron a personas con diversos conocimientos técnicos, artesanos y cultores de oficios a una plaza pública porteña para ayudar a los vecinos del barrio a diagnosticar y reparar sus artefactos. La respuesta de la gente superó las expectativas más optimistas de los organizadores y dejó al descubierto una necesidad de compartir conocimientos, recuperar habilidades manuales perdidas y encontrarse en el espacio público alrededor de una tarea noble y gratificante: devolverle la vida útil a un objeto usado.
Aquel primer encuentro germinó con fuerza hasta convertirse en un programa de cultura reparadora que hoy inspira iniciativas similares en diversos países de América Latina. Si bien el Club organiza encuentros abiertos en la sede del Centro Cultural de España (Paraná 1159, los segundos sábados de cada mes), su espíritu es en esencia itinerante, público y horizontal.
Y lo mejor de todo es que en cada uno de estos eventos interviene una lógica que rompe con los esquemas tradicionales del consumo. Quien sabe reparar enseña con paciencia, y quien lleva el objeto roto no se limita a entregarlo, sino que aprende a diagnosticar y resolver el problema con sus propias manos, desde electrodomésticos, indumentaria, juguetes, libros, muebles de madera, bicicletas e instrumentos musicales.
“El Club de ningún modo nació como un servicio de arreglo gratuito o un taller asistencialista, sino como un pretexto para encontrarnos cara a cara. Lo que pasa en cada mesa es algo verdaderamente mágico: cuando dos desconocidos se sientan juntos frente a una pava eléctrica o una tostadora rota, el objeto funciona como una excusa para tejer lazo social, romper el aislamiento urbano tan propio de esta época y compartir saberes que de otro modo quedarían olvidados”, enfatiza Melina.
En todo caso, reparar es ante todo un acto consciente de cuidado. Supone cuidar los recursos naturales, la energía invertida en la extracción de materias primas y el valioso trabajo humano involucrado en la fabricación original de cada bien, preservando además la memoria emotiva que atesoran las cosas que acompañan a lo largo de la vida.
Asimismo, se trata de un posicionamiento político y ciudadano que cuestiona de manera directa la obsolescencia programada, como se denomina a la práctica sistemática de diseño industrial que acorta artificialmente la vida útil de los artefactos mediante piezas pegadas con adhesivos inamovibles en lugar de tornillos, componentes sellados e inaccesibles o la deliberada falta de repuestos en el mercado.
Así, frente a un modelo que incentiva la compra constante y el reemplazo apresurado, la reparación devuelve autonomía, fortalece la economía barrial y revaloriza los oficios en riesgo de desaparecer.

“Saber qué hay adentro de las cosas que usamos todos los días y animarnos a abrir un electrodoméstico nos devuelve una enorme soberanía. Arreglar es un acto de rebeldía cotidiana frente a un mercado globalizado que pretende que seamos meros consumidores pasivos y descartadores seriales. Cuando tomás un destornillador y comprendés cómo funciona un aparato, dejás de ser un sujeto dependiente de la lógica del recambio permanente”, aporta la cofundadora del Club de Reparadores.
En el plano legislativo , el debate en la Argentina sobre el denominado “Derecho a Reparar” es aún incipiente, aunque registra un interés creciente en ámbitos académicos, ambientales y parlamentarios. Inspirado en marcos regulatorios aprobados en la Unión Europea y en diversos estados de Norteamérica, en el plano local comienzan a articularse iniciativas que buscan garantizar por ley el acceso universal a repuestos originales, la disponibilidad de manuales de servicio e información técnica, y la implementación de etiquetados claros de reparabilidad que informen al consumidor antes de realizar una compra. El objetivo es desarticular las tramas comerciales y de diseño que obligan a los usuarios al recambio prematuro de sus bienes.
“La aspiración fundamental es que disponer de manuales, información técnica de despiece y repuestos accesibles deje de depender exclusivamente de la buena voluntad o el hermetismo comercial del fabricante para convertirse en un derecho pleno de los consumidores y de los talleres independientes. Necesitamos un marco legal moderno que garantice que las cosas se diseñen desde el origen para durar y ser arregladas, y no para terminar en un basural a los pocos meses de uso”, advierte Scioli.

A diferencia de lo que ocurría en los primeros años del movimiento, donde la participación estaba concentrada mayoritariamente en sectores ya sensibilizados con la causa ecológica o el activismo ambiental, hoy las jornadas del Club convocan a una masa heterogénea de asistentes: familias enteras, jubilados, estudiantes universitarios, profesionales de diversas áreas y técnicos de oficio. Además, es creciente el interés de las generaciones más jóvenes por adquirir destrezas manuales prácticas, o por combinar tecnologías de fabricación digital contemporáneas —como el modelado y la impresión 3D para replicar en plástico repuestos descatalogados— con la artesanía y la mecánica tradicional.
Así, mediante alianzas estratégicas con fundaciones, empresas comprometidas, universidades y organismos públicos que permiten financiar la logística y mantener la estricta gratuidad de sus eventos, el Club de Reparadores ofrece además manuales abiertos, guías de acción y metodologías libres para que colectivos de cualquier punto del país o de la región puedan replicar la iniciativa en sus propios barrios.
Con este escenario de fondo, la meta del Club es reincorporar la cultura del arreglo a la matriz de la vida cotidiana, y también impulsar su enseñanza en las aulas como una capacidad clave para la vida, capaz de cultivar la paciencia, el pensamiento crítico y el trabajo en equipo desde la infancia. A nivel local, el anhelo es consolidar una sede propia y permanente: un espacio abierto a la comunidad que funcione como faro para instalar la durabilidad, el saber compartido y el cuidado del entorno como pilares fundamentales.